jueves, 21 de abril de 2011

LOS TRES ÁRBOLES



Había una vez, en un bosque orillas de un río, tres pequeños árboles. Estos árboles siempre habían vivido muy cerca entre sí y se habían hecho muy amigos. Compartían cada día con los otros sus sueños, las ilusiones que tenían para cuando crecieran. Todas las mañanas, con una conversación cargada de esperanzas y de confianza, hablaban de su futuro, de cómo sería su porvenir.

El primero, con gran entusiasmo, compartía: “Yo sueño con crecer grande y fuerte, que mi madera llegue a ser una de las más preciosas del mundo, y que con ella hagan un enorme y cuidado cofre. Un cofre labrado por los mejores artesanos con las filigranas más preciosas, que los cerrojos y las junturas sean de plata fina, quiero tener oro y diamantes engarzados en mi piel. Quiero encerrar en mi interior los más grandes tesoros del mundo, las piedras más preciosas, la corona del mayor rey de la historia, quiero que el oro que yo encierre valga más que un país. Sí, eso quiero ser, quiero ser el que encierre la mayor riqueza del mundo.”

El segundo, con determinación férrea comentaba: “Cuando crezca yo seré un árbol con una madera tan noble y dura que la usarán para crear un galeón. El galeón más robusto que se haya construido jamás. Mi madera será tan noble, tan valiosa, que el agua jamás la pudrirá. Adornarán el casco del galeón con flores y con especias aromáticas para que siempre huela como merece. Pero no será un galeón cualquiera, será el galeón de un gran rey. En mi galeón, este rey, el mayor sobre la faz de la tierra, surcará los enormes mares y océanos para moverse por las vastas tierras sobre las que es soberano. Me llamarán “El Rey de los Mares”. Todos me admirarán, todos me amarán. Sí, eso seré, seré el robusto y precioso galeón del Rey.”

El tercero, ilusionado, decía: “Pues yo quiero ser un árbol muy alto, tan alto que incluso las aves al volar puedan cobijarse a mi sombra. Desde las mayores y más famosas ciudades sabrán de mí, y me verán al horizonte desde los confines de la tierra. Todo el mundo sabrá que yo estoy aquí, y me vendrán a ver desde los lugares más recónditos de todo el planeta. Los animales y las familias se acercarán a mi descomunal sombra para descansar en verano, y para refrigerarse en los preciosos regatos de agua cristalina que surcarán las sombras de mis muchas hojas. Sí, eso voy a ser, el lugar que se vea desde todo el mundo, el sitio donde todos, grandes y pequeños vayan a refugiarse del sofocante sol.”

Pasaron los años, y parece que nada salió como ellos esperaban.

El primero, no creció tan grande y tan fuerte como imaginaba. Su dureza y la pureza de su madera no eran las necesarias para un cofre tan precioso como él imaginaba. Y un día vinieron a cortar su tronco. Con él hicieron algo que no le gustaba nada. Uno de aquellos cajones donde ponen la paja para que coman los burros. Lo que fue el árbol con sueños gloriosos lloraba angustiado, su existencia había sido un fracaso.

La madera del segundo no terminó siendo tan robusta como para construir un galeón, mucho menos para un rey, además, no era tan grande como para abastecer para toda una nave tan descomunal. Un día vinieron a por su madera. La usaron para hacer un pequeño bote de pesca, uno de aquellos diminutos que usan los pobres pescadores para conseguir su sustento. Sus sueños de llevar a un rey, de ser admirado, de oler a rosas, fueron truncados. Ahora llevaba a un pobre, daba bastante lástima y siempre olía a pescado de una manera tan profunda que nadie quería acercarse a él. Otro sueño truncado, otro fracaso para los sueños del pobre árbol.

Y en cuanto al tercero, bueno, no creció mucho. Terminó siendo un árbol débil y deforme. Nadie venía a refugiarse a su sombra, porque sencillamente no tenía. Ni los leñadores quisieron su madera, era demasiado fea y poco ardería. Un día, una tormenta de agua, desbarató sus maltrechas raíces y destruyó el ya penoso árbol. Ahora se moría, tumbado, penoso, acabado.

Unos años más tarde, una familia tuvo que quedarse a dormir en el establo donde estaba el primer árbol. La mujer estaba embarazada y tuvo que dar a luz en semejante cochiquera. Cuando el precioso bebé hubo nacido, usaron el cajón, el pequeño pesebre que un día fue el árbol con sueños, como cuna para el pequeño. Cuando el pesebre vio que venían a verle pastores que le adoraron, cuando vio los coros celestiales que cantaban en su honor, se dio cuenta. Había logrado su sueño, pero no como esperaba. Ahora, en su interior, estaba el mayor tesoro de todo el mundo, del universo entero. Y esto fue posible gracias a que no creció tal y como él imaginaba que iba a ser lo mejor.

Algunos años después, el segundo árbol llevaba a un tal Jesús por el Mar de Galilea. No surcaba grandes océanos, olía a pescado más de lo que se atrevía a aceptar. Pero cuando vio la multitud que esperaba siempre allá donde iba, cuando escuchaba las palabras de su huésped, fue consciente que también había cumplido su sueño. Era el transporte del mayor rey, del único rey de todo el mundo. Y esto no lo habría podido conseguir si se hubiera convertido en el galeón que soñaba.

Un tiempo más tarde, un grupo de soldados romanos andaban por el bosque buscando árboles caídos para llevarlos a Jerusalén. Encontraron al tercer árbol. Lo cargaron hasta un pequeño monte junto a la ciudad. Allí, lo cortaron para sacar una cruz donde moriría un criminal, iba a servir para matar a una persona. Cuando colgaron al preso en su madera, fue consciente de la verdad. Había cumplido su sueño de la forma más increíble. Cuando se oscureció el cielo, cuando vino un terremoto, cuando todo el mundo se volvió loco y aquel romano dijo que verdaderamente era el Hijo de Dios, lo vio. No creció alto y fuerte, pero en todas las ciudades de la tierra se terminaría viendo su forma, no circularon manantiales de agua cristalina, pero circuló la sangre que limpiaría al hombre de sus pecados. No terminaría acogiendo a familias en verano, sino que serían millones los que acudirían a sus pies a refrigerar sus almas. Este árbol, de haber sido precioso y enorme, no habría logrado tal gloria.

Nota: Siento no poder citar el nombre de la autora o autor de este relato que circula por internet en páginas de tipo religioso y de pensamiento positivo. En la fecha en que nos encontramos me parece importante su contenido. Tenemos ideas predeterminadas de quiénes pensamos ser y, a veces, eso mismo, es lo que nos lleva adelante. Sin embargo, puede que un día descubramos lo mismo que descubrieron los tres árboles del relato.

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