jueves, 28 de abril de 2011

¡Se feliz!



Por: Pilar Alberdi

Pretender que la felicidad es algo que yo decido ahora mismo, es una equivocación. Creer que yo puedo cambiar de un momento a otro mi vida, un absurdo. Pensar, siquiera por un instante, que sin mayor responsabilidad importo yo más que los otros, no ayuda a nadie.
La felicidad es un camino de comprensión, autosuperación, y pensamiento constante. De equilibrio del deseo.
Me parece bien el pensamiento positivo y todos los manuales y libros que se escriben, pero no hay que olvidar que somos el resultado de determinadas circunstancias que hay en nuestra vida y que estas tienen que ver con las personas que nos han rodeado y con sus actitudes y sentimientos a los cuales nos habremos rendido, resistido, igualado...
Pensamiento positivo, sí, pero yo no puedo cruzar puentes que aún no existen para mí. Ni puedo arrojarme al mar si no sé nadar.
Ahora, de acuerdo; pero cuando sea mi momento.
La comprensión necesita tiempo y algún maestro, alguien que ayude a ver. Quizá, después de esa etapa venga la otra. La del perdón, la de seguir adelante, la de no volver a ir por la vida con los ojos vendados por cegueras impuestas.
¡Cuidado! Porque lo mismo que nos ocurre individualmente, sucede en la sociedad. Cada época impone su dogma.
Muchas personas que no conocen el budismo, se asombrarían de la cantidad de veces que Buda, y a continuación los lamas y monjes hablan del «pensamiento» y de la necesidad de encauzarlo, no para ser felices en los vulgares términos a los que a veces unimos esta palabra, sino para intentar, lograr un equilibrio, y para evitar esa guerra de las dualidades, a las que nos vemos abocados, teniendo que decidir siempre entre una cosa y otra.

Escribió Buda:
«Esta es, ¡oh monjes!, la noble verdad respecto al dolor: el nacimiento es doloroso, la vejez es dolorosa, la enfermedad es dolorosa, la muerte es dolorosa; el contacto con lo que uno no ama es doloroso; la separación de lo que uno ama es dolorosa; no conseguir lo que uno desea es doloroso; en resumen los cinco objetos del apego son dolorosos».

La palabra de Buda se basa en otras «verdades». Pero en esas líneas hay temas fundamentales que cualquier persona conoce bien: estar con los que uno no ama es doloroso; separado de lo que se ama, también; el no conseguir lo que uno desea, duele; pero también puede llegar a serlo, el conseguir lo que uno desea.

Quienes me conocen saben que me gusta el budismo por su respeto a la naturaleza, por sus oraciones al viento, por su vivir el instante desde dentro del corazón del mundo.
Cada uno de nosotros produce ecos... Ondas... Los demás nos afectan y afectamos a los demás...
Sinceramente, no deja de ser curioso, que las naves que salvan a los privilegiados del mundo en la película «2012» deban subir a las arcas- naves destinadas a tal fin, en el Tibet, al pie del Himalaya, y sea un monje, el que al ver venir la gran ola de más de 1.500 metros, toque,acaso la que sea la última oración al viento por la humanidad mientras los privilegiados de la tierra, gracias a su poder político; sus conocimientos científicos; y su dinero, porque son ricos; suben presurosos a las naves.
Estos pensamientos surgen esta noche y no sé bien a cuento de qué. La luna está en menguante. En el jardín todo duerme. Aún no han comenzado a cantar los grillos, ni han llegado las cigarras.

Esto es lo que escribió el poeta japonés Ryokan, al que llamaban El tonto. Era un poeta monje que vivía en una choza. Si pudiéramos comprender lo que plantea, sin duda, todo sería más fácil.

Dice su poema:
«¿Cuál sera mi legado? Las flores de primavera.
El cuclillo en las colinas; las hojas en otoño».

jueves, 21 de abril de 2011

LOS TRES ÁRBOLES



Había una vez, en un bosque orillas de un río, tres pequeños árboles. Estos árboles siempre habían vivido muy cerca entre sí y se habían hecho muy amigos. Compartían cada día con los otros sus sueños, las ilusiones que tenían para cuando crecieran. Todas las mañanas, con una conversación cargada de esperanzas y de confianza, hablaban de su futuro, de cómo sería su porvenir.

El primero, con gran entusiasmo, compartía: “Yo sueño con crecer grande y fuerte, que mi madera llegue a ser una de las más preciosas del mundo, y que con ella hagan un enorme y cuidado cofre. Un cofre labrado por los mejores artesanos con las filigranas más preciosas, que los cerrojos y las junturas sean de plata fina, quiero tener oro y diamantes engarzados en mi piel. Quiero encerrar en mi interior los más grandes tesoros del mundo, las piedras más preciosas, la corona del mayor rey de la historia, quiero que el oro que yo encierre valga más que un país. Sí, eso quiero ser, quiero ser el que encierre la mayor riqueza del mundo.”

El segundo, con determinación férrea comentaba: “Cuando crezca yo seré un árbol con una madera tan noble y dura que la usarán para crear un galeón. El galeón más robusto que se haya construido jamás. Mi madera será tan noble, tan valiosa, que el agua jamás la pudrirá. Adornarán el casco del galeón con flores y con especias aromáticas para que siempre huela como merece. Pero no será un galeón cualquiera, será el galeón de un gran rey. En mi galeón, este rey, el mayor sobre la faz de la tierra, surcará los enormes mares y océanos para moverse por las vastas tierras sobre las que es soberano. Me llamarán “El Rey de los Mares”. Todos me admirarán, todos me amarán. Sí, eso seré, seré el robusto y precioso galeón del Rey.”

El tercero, ilusionado, decía: “Pues yo quiero ser un árbol muy alto, tan alto que incluso las aves al volar puedan cobijarse a mi sombra. Desde las mayores y más famosas ciudades sabrán de mí, y me verán al horizonte desde los confines de la tierra. Todo el mundo sabrá que yo estoy aquí, y me vendrán a ver desde los lugares más recónditos de todo el planeta. Los animales y las familias se acercarán a mi descomunal sombra para descansar en verano, y para refrigerarse en los preciosos regatos de agua cristalina que surcarán las sombras de mis muchas hojas. Sí, eso voy a ser, el lugar que se vea desde todo el mundo, el sitio donde todos, grandes y pequeños vayan a refugiarse del sofocante sol.”

Pasaron los años, y parece que nada salió como ellos esperaban.

El primero, no creció tan grande y tan fuerte como imaginaba. Su dureza y la pureza de su madera no eran las necesarias para un cofre tan precioso como él imaginaba. Y un día vinieron a cortar su tronco. Con él hicieron algo que no le gustaba nada. Uno de aquellos cajones donde ponen la paja para que coman los burros. Lo que fue el árbol con sueños gloriosos lloraba angustiado, su existencia había sido un fracaso.

La madera del segundo no terminó siendo tan robusta como para construir un galeón, mucho menos para un rey, además, no era tan grande como para abastecer para toda una nave tan descomunal. Un día vinieron a por su madera. La usaron para hacer un pequeño bote de pesca, uno de aquellos diminutos que usan los pobres pescadores para conseguir su sustento. Sus sueños de llevar a un rey, de ser admirado, de oler a rosas, fueron truncados. Ahora llevaba a un pobre, daba bastante lástima y siempre olía a pescado de una manera tan profunda que nadie quería acercarse a él. Otro sueño truncado, otro fracaso para los sueños del pobre árbol.

Y en cuanto al tercero, bueno, no creció mucho. Terminó siendo un árbol débil y deforme. Nadie venía a refugiarse a su sombra, porque sencillamente no tenía. Ni los leñadores quisieron su madera, era demasiado fea y poco ardería. Un día, una tormenta de agua, desbarató sus maltrechas raíces y destruyó el ya penoso árbol. Ahora se moría, tumbado, penoso, acabado.

Unos años más tarde, una familia tuvo que quedarse a dormir en el establo donde estaba el primer árbol. La mujer estaba embarazada y tuvo que dar a luz en semejante cochiquera. Cuando el precioso bebé hubo nacido, usaron el cajón, el pequeño pesebre que un día fue el árbol con sueños, como cuna para el pequeño. Cuando el pesebre vio que venían a verle pastores que le adoraron, cuando vio los coros celestiales que cantaban en su honor, se dio cuenta. Había logrado su sueño, pero no como esperaba. Ahora, en su interior, estaba el mayor tesoro de todo el mundo, del universo entero. Y esto fue posible gracias a que no creció tal y como él imaginaba que iba a ser lo mejor.

Algunos años después, el segundo árbol llevaba a un tal Jesús por el Mar de Galilea. No surcaba grandes océanos, olía a pescado más de lo que se atrevía a aceptar. Pero cuando vio la multitud que esperaba siempre allá donde iba, cuando escuchaba las palabras de su huésped, fue consciente que también había cumplido su sueño. Era el transporte del mayor rey, del único rey de todo el mundo. Y esto no lo habría podido conseguir si se hubiera convertido en el galeón que soñaba.

Un tiempo más tarde, un grupo de soldados romanos andaban por el bosque buscando árboles caídos para llevarlos a Jerusalén. Encontraron al tercer árbol. Lo cargaron hasta un pequeño monte junto a la ciudad. Allí, lo cortaron para sacar una cruz donde moriría un criminal, iba a servir para matar a una persona. Cuando colgaron al preso en su madera, fue consciente de la verdad. Había cumplido su sueño de la forma más increíble. Cuando se oscureció el cielo, cuando vino un terremoto, cuando todo el mundo se volvió loco y aquel romano dijo que verdaderamente era el Hijo de Dios, lo vio. No creció alto y fuerte, pero en todas las ciudades de la tierra se terminaría viendo su forma, no circularon manantiales de agua cristalina, pero circuló la sangre que limpiaría al hombre de sus pecados. No terminaría acogiendo a familias en verano, sino que serían millones los que acudirían a sus pies a refrigerar sus almas. Este árbol, de haber sido precioso y enorme, no habría logrado tal gloria.

Nota: Siento no poder citar el nombre de la autora o autor de este relato que circula por internet en páginas de tipo religioso y de pensamiento positivo. En la fecha en que nos encontramos me parece importante su contenido. Tenemos ideas predeterminadas de quiénes pensamos ser y, a veces, eso mismo, es lo que nos lleva adelante. Sin embargo, puede que un día descubramos lo mismo que descubrieron los tres árboles del relato.

martes, 19 de abril de 2011

EL CUARTO MANDAMIENTO



Por Pilar Alberdi

Hoy he vuelto a releer el libro El cuerpo nunca miente de Alice Miller. La edición que yo tengo fue publicada por Tusquets en la colección Ensayo, en 2005.
La obra sigue teniendo la misma imponente fuerza de cuando fue escrita. Nos dice la autora que de esa veneración a los padres marcada por la obligación de cumplir con el cuarto mandamiento, «honrarás a tu padre y a tu madre» devienen la disociación entre sentimientos verdaderos y aquellos que deben ocultarse, especialmente cuando estos son negativos hacia los padres por haber recibido de ellos maltrato, falta de interés y afecto.
Resulta interesante su visión de la anorexia y de la bulimia con relación al «alimento que no hay» (anorexia), o «alimento que no sacia (bulimia)» , porque se confunde el alimento con una necesidad relacional incumplida ya sea con la madre, con el padre o con ambos, que pertenece a la primera infancia, y que luego ha quedado emborronada tras una nube de malentendidos y de circunstancias familiares, no sólo adversas, sino, negadas. Desde Constelaciones Familiares, este enfoque se completa con el temor de las personas afectadas, por la bulimia o la anorexia, a que el matrimonio de los padres se rompa o uno de los cónyuges se marche del hogar Y, en muchos casos, la enfermedad de un niño o un adolescente, puede estar focalizada, también inconscientemente, en esta necesidad afectiva de que los padres continúen juntos y la pareja no se rompa. Y, por supuesto, los contratiempos que una enfermedad produce en su entorno inmediato, pueden lograr retrasar esa separación, al menos, por un tiempo.
Vivimos en sistemas sociales y familiares, y eso explicaría la manera que cada época tiene para crear la nosología de las afecciones y patologías. Lo que un día puede ser considerado una enfermedad, puede no ser diagnosticado de igual manera veinte años después. Ayer hablábamos de personas histéricas, cuando en realidad, en la mayoría de los casos, habían sufrido abuso sexual. Hoy el término histérica-co no se utiliza. Y, al mismo tiempo que unas definiciones desaparecen, surgen otras: tenemos el Síndrome de alineación parental, cuando tras la separación de una pareja, los niños quedan de manera exclusiva bajo la tutela de uno de los padres, lo que los condiciona en su percepción del otro miembro de la pareja ausente; decimos «obesidad» pero también podríamos cambiar el término por otras afecciones propias de la época en la que vivimos como el acceso fácil a los alimentos, unas malas costumbres alimenticias, la falta de ejercicio, la soledad; surgen los «niños hiperactivos» y se los medica, pero al mismo tiempo surgen otros estudios que intentan explicar el tema desde otras perspectivas sistémicas.
Si hay algo que le cuesta a las personas es reconocer en una terapia su mala relación con sus padres. En general se sienten culpables de no amarlos, o de no sentir lo que otros sí pueden sentir por los suyos.
Por eso Alice Miller habla de la importancia de un «testigo-confidente». Alguien que reconozca en la confesión que está oyendo, un daño para la persona que lo sufrió y que tomando coraje lo relata. La víctima, al sentirse reconocida en su dolor, se autoafirma. Es algo que se percibe claramente en los casos de violencia doméstica, violaciones, maltrato físico y/o psíquico, etc. Y entonces, aquello que se aceptaba como parte de una convivencia familiar que había que mantener en silencio, deja de aceptarse. La comunicación libera. Aparta del daño, e incluso descarga del deseo de venganza. Y sobre todo, se logra alejar conscientemente a la siguiente generación de sufrir el mismo daño.
Resulta dramático leer tantas veces en la prensa casos de mujeres que por no haber denunciado en su día a padres violadores, exponen a sus propias hijas e hijos a estas personas ya convertidas en abuelos.
Ahí, es donde hay que trabajar.