miércoles, 22 de septiembre de 2010

LA COMPENSACIÓN ¿QUÉ ES?




Por Pilar Alberdi

«Las personas creen ser libres simplemente porque son conscientes de sus acciones e inconscientes de las causas que determinan esas acciones». Spinoza

Esta frase impresiona. Acostumbro decir que los escritores son grandes psicólogos. Lo han sido siempre. Muestran esa gran capacidad para describir aquello que con gusto otros negarían. Y ahí, en primera línea, están los clásicos griegos. ¿Quién ha hablado como ellos de lo que ocurre en las familias? ¿Quién como ellos de la relación entre familia y sociedad? Algunos sí... En la historia de la literatura bastantes. Pero no tantos como serían necesarios para despertar a las personas... El escritor escribe para intentar explicarse, y al final, consigue también que los demás comprendan algo de sí mismos y de su entorno. Esa es la pequeña maravilla que encierran los libros.
Dice Spinoza: «Las personas creen ser libres simplemente porque son conscientes de sus acciones e inconscientes de las causas que determinan esas acciones».
“Inconscientes de las causas que las determinan...”La teoría de Constelaciones Familiares de Bert Hellinguer es muy sensible a la circunstancia de que las personas «compensamos» con facilidad. Lo hacemos sin darnos cuenta y con el sentido de equilibrar desigualdades provenientes de la naturaleza, la suerte, las oportunidades...
Cuando la compensación es pequeña, quizá no nos reporte mayores inconvenientes hacerla, al contrario, quizá nos haga sentir bien; pero cuando es mayor podemos llegar a la enfermedad y la muerte, sin darnos cuenta.
Es habitual poner el ejemplo de lo que sucede cuando alguien enferma. Por ejemplo, si es un hermano puede que otro hermano también decaiga en algún aspecto de su vida en el que antes sobresalía, quizás empeore en sus estudios o haga otro tipo de comportamiento. Suele ocurrir después de accidentes, en que un hermano enferma o fallece. Es como si el que queda vivo o se encuentra sano se preguntase ¿cómo puedo yo sentirme bien y estar contento o seguir vivo cuando el otro está enfermo o muerto?
Si vale un ejemplo del pasado, recuerden que en una época en que la mortalidad infantil era muy alta, cuando moría un niño, al siguiente se le ponía el mismo nombre. En un sentido, y acaso en muchos más de los que imaginamos, era como darle vida. Eso es: una compensación. Y el hijo que llevaba el nombre del fallecido, se encontraba, tantas veces, en la situación de acudir a un cementerio a llevar unas flores ante una tumba en la que podía ver su propio nombre. No es fácil vivir remplazando a otro.
Otro modo de ver claramente este tema es en parejas ya mayores, y con muchos años de vida en común. Cuando una de ellas enferma de una manera grave o terminal, la otra puede tomar el camino de la compensación deseando morir primero porque cree que no soportaría la ausencia de la otra persona, o siguiéndola inmediatamente por la misma razón. En Constelaciones Familiares se suele señalar estas decisiones inconscientes con las palabras «yo antes que tú» y «yo después que tú». Y a los sujetos se les hace tomar consciencia del camino que están siguiendo con su proceder.
La primera vez que leí sobre estos temas miré hacia la vida de mis abuelos y tíos , es decir de aquellos familiares ancianos que ya no estaban entre nosotros, y vi que se cumplía. Muchas veces, aquel que se enfermaba primero de algo grave, mejoraba, mientras que el que estaba sano y había temido por la vida del otro, fallecía repentinamente o enfermaba; o uno de ellos fallecía, y al poco tiempo lo seguía el otro.
Pero hay ejemplos más sutiles que muchas veces pasan desapercibidos. Quizá un niño de siete o ocho años destaca en varios aspectos, por ejemplo, como deportista y dibujante, frente a un hermano menor que, por ser pequeño, todavía no destaca en ninguno. Un día el hermano mayor descubre que el pequeño comienza a destacar en algo de lo mismo que él hace, entonces abandona esa práctica. Los padres no se sorprenderán demasiado. Es tan atareada la vida de las jóvenes parejas con hijos, hay tantas cosas que hacer, tantos detalles y obligaciones de los que estar pendientes...Pueden pensar que son cosas de la edad, que el niño mayor se aburrió, o que ya no le interesa esa aficción. Pero es probable, que ese hermano mayor con sólo 7 o 8 años, haya realizado una compensación, quitándose de la práctica de algo que le gustaba, para que su hermano menor comience a destacar en algo.
Si en una familia, la mayoría de los hijos no han podido estudiar, es probable que cuando alguno tenga esa posibilidad se niegue, y hasta lo argumentará y justificará. Y si no han podido progresar económicamente, es probable que el que tenga la oportunidad de hacerlo, no lo haga. Porque distinguirse por lo que sea (un don, una oportunidad, dinero, estudios, más tiempo de vida, etc) parece que nos separa de los otros, de aquellos que no han tenido esa misma posibilidad, y sobre todo de los más cercanos a nosotros.
Vemos cómo de este modo, la compensación más que con el equilibrio tiene que ver con la igualación. Pero ese deseo de igualación también puede ser dañino para uno.
A mi terapetua Rakasa Lucero le gustaba repetir que «Todo lo que hacemos, lo hacemos por amor...» Entiéndase bien: por la necesidad que tenemos de amor, de que se nos quiera por lo que somos o por el amor que sentimos por otros. Y la compensación, sin duda, se incluye en este amor a los otros, al punto de hacernos perder el propio sentido de nuestras vidas y hasta la vida.

jueves, 16 de septiembre de 2010

SECRETOS FAMILIARES



Por: Pilar Alberdi

Lo curioso de los secretos familiares es que no hay secretos familiares. Si los hubiera no los sabríamos. Se intuyen, se niegan, se esconden, se habla de ellos a media voz. Están ahí, tremendamente vivos.
Ahora bien, ¿qué hay en ese oscuro sótano de los hogares donde se instalan los «secretos familiares»? Allí viven la enfermedad de un ascendiente por una demencia o el contagio de una enfermedad sexual; alguien que estafó a otro/s; mezclas entre personas de diferentes estratos sociales, grupos culturales, creencias religiosas; un asesino; un suicida; un hijo ilegítimo; un aborto; una separación; un/a amante; un divorcio; tendencias sexuales no aceptadas; una adopción; un incesto; un abuso sexual a menores; etc.
Estos son los secretos familiares. Es rara la familia que no los tenga. Generalmente el secreto es conocido por todos los miembros de la familia, aunque puede haber distintos grados de conocimiento.
Para su propia seguridad, el secreto debe mantenerse dentro del alcance de la familia a cubierto de aquellos que podrían juzgarlo, generalmente, el resto de los parientes y la sociedad. A la sociedad es a la que teme el secreto familiar. Es común en estas familias decir: «Lo que pasa en casa no se dice fuera». Y generalmente, la ocultación que intenta proteger a alguien hace daño a otro. Y siempre, siempre, el secreto tiene sus cómplices. Pero de nada sirven éstos, frente al inconsciente de los implicados que de uno y otro modo va revelando los hechos, tan evidentes a veces para todos los miembros de una familia e incluso para aquellos cercanos a la familia, que resulta sorprendente su creencia de que puedan estar ocultos.
Si se me permite la comparación, diré que un secreto familiar tiene algo del preso que llevan a una celda. Esta en compañía de otros presos que saben de su situación. Y alguien ha dispuesto que el lugar correcto para ese secreto sea esa jaula. Pero por más castigos, silencios, barrotes que se intenten poner, lo que está a la vista no se puede negar, por eso, muchas veces se habla de delirios cómplices. Alguien hace como que tal cosa no ha ocurrido y los demás también. Y entonces se multiplica el juego de no ser uno mismo, de no poder ir con la verdad por delante, de tener que jugar a la mentira de otro, todo el día. Sobre este tema Julio Cortazar tiene un relato muy especial titulado La buena salud de los enfermos en donde una familia, por no despertar los demonios de una madre “enferma de los nervios”, va oculltando nuevos hechos. De este modo, toda la familia juega el juego que un día instauró la madre.
En nuestra sociedad hay un terrible deseo de ocultar lo que pasa en las familias. El fenómeno no es nuevo. A quién le gusta tener que decir que su familia es un desastre. A nadie. Uno nace en una familia. Le toca en suerte, ahí se juega su presente y su futuro. Terrible realidad que los antiguos griegos conocían bien. ¡Y qué grandes obras de teatro nos han dado! Edipo Rey, Medea, Electra, Las bacantes, ...
Es notable también cómo los secretos familiares cambian según la época. Si hasta ayer era necesario esconder la homosexualidad, hoy que va siendo aceptada, ya no es necesario. Por tanto, me atrevería a decir que cada época marca incluso con sus códigos sociales qué ha de ser y qué no: un secreto familiar. No olvidemos que hasta hace bien poco, una separación matrimonial o un divorcio eran algo ocultable y terriblemente grave todavía para algunas creencias religiosas.
¿A quién hacen daño los secretos familiares? A todos los miembros de la familia, sin duda. En Constelaciones Familiares se dice que por ocultar tales secretos, los hechos, en ocasiones, vuelven a repetirse, y muchas veces, además de un modo dramático. Por ejemplo, resulta bastante común que una hija a la que se le ha pretendido ocultar que ha nacido antes de que sus padres se casaran, repita el mismo hecho, y al hacerlo visible, es como si la parte que se culpaba a sí misma escondiendo aquel hecho, que en su época pudo tener censura personal, familiar o social, quedase redimida; o como si la parte que lo repite en el presente asume con su acto lo sucedido en el pasado (compensación hacia la madre que se quedó encinta antes de casarse), ya sea desde la aceptación o dando inicio a un nuevo secreto familiar que se sumará al anterior. Y que, incluso, podrá repetirse en la siguiente generación.
Cuando el secreto familiar trata sobre abuso sexual a menores, violencia de género, maltrato a ancianos y niños, o incesto, es muy difícil salir de ese círculo en los que los perpetradores consiguen de sus víctimas no sólo su sometimiento y la anulación de su autoestima, sino el temor a delatarles por el “bien general de la familia”.
Bien, esto era lo que, básicamente, quería decir en esta ocasión: no hay secretos familiares, porque cuando hablamos de secretos familiares, por lo general, se trata de temas que están ahí, causan vergüenza propia o ajena. Y es esa vergüenza, la que muchas veces, impide un claro reconocimiento de los hechos, dando como resultado el ocultamiento.