lunes, 23 de agosto de 2010

COMPARAR, COMPARARSE.




Por Pilar Alberdi



Un adulto es como una estrella de la que vemos la luz de su niñez. Y esa luz nos habla de cómo fue su vida desde su nacimiento, e incluso desde antes.
Con los conocimientos que tenemos hoy, le basta a un científico con observar una estrella a través de las lentes de un telescopio para saber en dónde puede estar ese mundo que le dio origen, en qué galaxia, cerca de qué otras estrellas y nebulosas y agujeros negros. También le basta con saber dónde está situada para anticipar a qué velocidad se mueve, en qué campo de fuerzas centrípetas y centrífugas. Y lo mismo ocurre con las personas.
Philip Dick, autor de ciencia ficción, escribió: «Los niños son así. Como toda raza sometida, se les ha enseñado a obedecer». Lo decía por un personaje de uno de sus cuentos. La frase me impresiona siempre que la leo. Aparece en las notas del volumen I de los Cuentos Completos publicados por la Editorial Minotauro (España). Y aunque, como he dicho me impresiona, vuelvo a ella muchas veces. La tengo muy presente, y la recuerdo siempre. Aún escribió Dick en esas mismas notas, otra frase, tan fuerte o más que la anterior: «Los niños comprenden; son más sabios que los adultos... ¡Vaya! He estado a punto de escribir: “más sabios que los humanos”». Sin duda, Dick tiene razón. Los niños lo ven todo. Lo perciben con su maravilloso hemisferio cerebral derecho frente al izquierdo menos desarrollado para su edad, quizá no tengan palabras para explicarlo pero conocen bien cómo es el mundo en que viven y de qué modo se comportan con ellos los adultos que están a su lado. Las llamo “frases fuertes” porque nos hacen sentir incómodos. ¿Así somos? Querríamos ponerlo en duda. Pero algo nos dice que hay mucho de verdad en esas afirmaciones.
El niño que miente es aquel que una vez dijo una verdad y fue castigado, reprimido o humillado. Y, seguramente, ese día como otros muchos, no faltó una comparación. Nadie comienza a mentir por el gusto de mentir. Se aprende a mentir. Mentir no es lo mismo que imaginar o inventar. He conocido niños que crecieron sintiendo miedo a la hora de decir una verdad, porque una vez, la primera que dijeron una verdad muy grande fueron castigados. A partir de ahí, mintieron el resto de su vida hasta hacerse ancianos. Esta imagen me conmueve. Ancianos que hasta el último día de su vida, se morirán sin decir la verdad, porque un día, aprendieron que mintiendo se va más fácil por la vida. Y es posible sí, que mintiendo, puedas disimular tus verdaderos sentimientos, lo que te evitará confrontaciones, y al final, ser tú mismo, precisamente aquello, a lo que toda vida debería aspirar. Pero ¿cómo podemos permitirnos no ser quién deberíamos ser?
Escribió Oscar Wilde: «¿Queréis niños buenos? Hacedlos felices». De acuerdo. Pero ¿cómo se hace niños felices? ¿Lo intentamos? ¿Siquiera eso...? Comencemos por evitar comparar. Hay hogares en los que constantemente se hacen comparaciones. Se compara a un hijo con otro. Por ejemplo, los resultados que alguien obtiene en los estudios con los de un tercero... Un pariente con otro; una familia con otra; la casa, el coche, la ropa, las vacaciones, las enfermedades, la mascota, la pareja, las relaciones sexuales... En fin, cualquier cosa es comparable.
Creo que muchos padres no han leído o no recuerdan ya el libro El mago de Hoz. Como a mí me gustan los libros para niños, voy a hablar de esta obra. Por compararse con otros seres y sentirse inferiores los personajes de esa maravillosa historia desean: el espantapájaros, un cerebro; el hombre de lata, un corazón; el león, valor; y Dorothy volver a casa. Acaso ella es la única realista. Pero son los tres primeros quien por comparación o por lo que han aprendido entre los hombres, están buscando lo que creen que les falta, y la historia se encargará de demostrarles que ya lo poseían. Pero ¿dónde aprendieron a creer que no tenían un cerebro, un corazón o valor? ¿Dónde hemos aprendido nosotros que nos falta algo? Y ¿qué es ese algo? ¿Quién nos lo dijo? ¿Por qué le creímos?
Preguntas así deberíamos hacernos siempre. Podríamos descubrir que no nos falta nada y que somos seres completos, al menos todo lo completos que podemos ser en este instante, haciendo nuestro camino por la vida. Osho dijo: “Sé tu misma, entonces serás perfecta”.
Lo cierto es que desde un falso yo, se vive mal. Desde un yo verdadero, puede que la vida sea dura, pero se vive mejor, más sanamente. Sucede que, a veces, olvidamos que los padres fueron niños, es decir, siguen siéndolo, porque en el fondo portamos todas las personas que alguna vez fuimos, todas las horas que anduvimos por la vida de la adolescencia, y la juventud. A veces, nos sonreímos de cómo pensábamos en aquella época. ¿Nos gustaba tal chica o tal chico? Pero ¿cómo podía gustarnos? ¿Merecía la pena sufrir tanto por aquel o aquella que nos dejó de lado? ¿Y era yo la que decía que iba a ser astronauta, piloto de coches o profesora? ¿Quiénes somos realmente? ¿Es que la categoría “adultos” nos hace seres superiores? Jamás. Y eso es lo bueno.
Así como soy, soy perfecta/o. Soy todo lo perfecto que puedo ser en este momento. Deberíamos decirnos cosas así todos los días, pequeñas oraciones que incidan directamente en nuestra mente. Y no permitir que nadie nos haga daño desde la falsa posición de ventaja que incluya la autoridad de filiación , cargo, o relación.
Que no sea nuestra vida pura comparación, también depende de nosotros.

domingo, 15 de agosto de 2010

APRENDER DEL ERROR





Por Pilar Alberdi
Fotomontaje Lupo


Voy a comentar aquello que a veces vuelve en nuestros pensamientos y tiene todo el cariz de una experiencia de vida en la que pensábamos resultar ganadores y nos convertimos en perdedores, ya sea en el mismo acto, o, poco después cuando tuvimos la oportunidad de analizarlo. Sea cual sea la edad en que ocurra esta experiencia, si uno sabe aprovecharla, habrá aprendido a tener más puntos de vista en consideración. Y no es empeño fácil, aunque lo parezca.
Voy a hablar de una vivencia de mi niñez. Yo tenía ocho años y era carnaval. En mi ciudad natal los niños festejábamos el carnaval armando pequeñas batallas con globos llenos de agua. Eran días felices, días pensados para la victoria; para ser la heroína o el héroe de nuestras historias.
Pero centrémonos en aquel día. Aquella mañana, calurosa como todas las mañanas de febrero en el hemisferio sur, recuerdo que mi amiga y yo inflamos con agua suficientes globos como para llenar un cubo y nos sentíamos ricas, si es que uno puede, y de niño ¡claro que se puede!, sentirse rico por algo semejante.
El día a que me refiero levantamos el cubo entre las dos, porque pesaba mucho para trasladarlo una sola, y en ropa ligera o en bañador, llegamos por un largo pasillo hasta la puerta de salida a la calle. Allí dejamos el cubo, mientras salíamos a arrojar globos a los niños que ya jugaban en la calle. En ese momento pensábamos que nadie tendría tantos globos preparados como nosotras. Nos sentíamos orgullosas. ¡Ocho años! Pequeños e inocentes, ocho años... Pero ese día, nuestros oponentes tenían amigos mayores y más fuertes que nosotras, así que, una vez llegados hasta la puerta desde donde nos arrojaron sus primeros globos, comprendieron, rápidamente, que si nos hacían alejar lo suficiente por el pasillo camino de la casa, se harían con nuestro armamento, es decir, con el cubo lleno de globos de agua listos para disparar que con tanto esmero habíamos preparado. Y así ocurrió. Recuerdo la sorpresa que nos causó tal hecho. Quedamos atónitas, incapaces de movernos hasta que vimos introducirse la primera mano en el cubo, y a ésta siguieron más manos de otros niños que iban llegando y nos lanzaban los globos. Con el estupor clavado en el cuerpo salimos corriendo y nos escondimos dentro de la casa. Contra la puerta chocaron dos o tres globos... Después, las risas y las voces cesaron. Cuando nos atrevimos a salir, abrimos la puerta una rendija, y animándonos una a la otra, regresamos al campo de batalla en donde, aún permanecía el cubo, pero vacío. Nuestros vencedores, mientras tanto, aún correteaban por la calle arrojándose los últimos globos de agua. Aquel día aprendí que para saber ganar cualquier batalla hay que tener conocimientos. Y aún sintiéndome derrotada, tuve conciencia de que algo nuevo había aprendido.
Hubo otro día, para entonces era yo una joven adulta, que viajaba en un tren de cercanías de Madrid a Alcalá de Henares. El tren iba repleto y los vagones atestados. Yo me encontraba de pie cerca de una madre que cuando su niña de no más de tres o cuatro años le pegó como jugando, ella le devolvió el golpe. Y el juego, si acaso en algún momento lo fue, se convirtió en un ir y venir de cachetes, y pequeños golpes. Todavía veo esas manos en movimiento. La ira reflejada en un rictus de la boca tensa de la madre y los ojos crispados de la niña. En ese juego de dos había una terrible carga de violencia. Pensé: qué triste futuro para esa niña con esa madre, con una vida instalada desde tan pronto en la violencia y el rechazo. Pero de la persona que sentí más vergüenza y la sigo sintiendo aún, fue de mí. Siempre me pregunto ¿por qué no detuve esa mano? ¿Por qué no me atreví? ¿Por qué nadie lo hizo? ¿He dicho ya que el vagón estaba lleno de pasajeros? Sí, lo he dicho.
Una tiene esta clase de recuerdos. Esta clase de recuerdos forman nuestra vida. Supongo que ustedes también tienen los suyos. Si quieren compartir alguno, ya saben que pueden dejar al pie de esta entrada sus comentarios.

Nota: puedes acceder al imaginario de Lupo en http://loscuatroelementos.wordpress.com

viernes, 6 de agosto de 2010

MIEDOS



Por Pilar Alberdi


«Se podría decir que cada edad tiene sus miedos» se lo comentaba ayer a un persona muy querida. Ella me decía, «es que a esta edad tengo miedo de ser demasiado mayor para tener un hijo, miedo también a que nazca con alguna deficiencia, miedo a...»
¡Oh! ¡Qué vida tan pequeña haríamos si nos dejásemos arrastrar por nuestros temores! Por eso intentamos vencerlos o, al menos, tenerlos controlados.
Su comentario, mejor dicho, su pensamiento que intenté consolar, me hizo pensar que cada etapa de la vida, realmente, tiene sus propios miedos y desvalimientos. Y que no hay ninguna que esté ajena a ellos, probablemente, por la razón primera que les da origen, evolucionamos dentro de un cuerpo que tiene sus propias fases de desarrollo y sus limitaciones.
En la niñez se teme por la pérdida de los padres, incluso por la ruptura del matrimonio. Diría que son miedos básicos. También el miedo que tiene el niño a perderse y a no volver a encontrar a su familia. El miedo a ser abandonado.El recelo, incluso,a no ser hijo de sus padres. Desde luego que hay otros, debidos a otras causas, más concretas y directas, y por tanto terribles, ya que pueden estar dadas por la violencia de adultos, el abuso, la desatención, las mentiras, el abandono. Puede haber muchos momentos en que nos sintamos solos, pero ninguno con el valor conque se puede estar en la niñez primera y al termino de nuestra vida.
En la adolescencia hay un miedo básico a ser rechazados por los de la propia edad, es decir, por los compañeros de estudios, los amigos del barrio o del club de deportes, la pandilla, el grupo de salida.
Terror a ser dejado de lado o menospreciado. Importa mucho la imagen, y se toman en cuenta los criterios de los demás en cuanto a la música que hay que oír, las lecturas y la moda.
Los veinte años nos encuentran inseguros ante el futuro: ¿qué camino tomar? ¿Seremos capaces de enfrentarnos a las dificultades? ¿De imponer nuestras decisiones cuando todo parece estar en contra? ¿De conseguir nuestra independencia económica o, al menos, de criterio? Lo que estamos estudiando ¿es lo que realmente nos gusta?
El camino hacia la madurez, y en esta etapa de la sociedad en que la llegada de los hijos se retrasa por causas económicas (la dificultad de adquirir una vivienda,por ejemplo) o de otro tipo, también se hace patente que hay una tendencia en muchas personas que se encuentran por encima de la franja de los treinta años a querer seguir siendo siempre jóvenes y, sobre todo, independientes. Es probable que puedan cumplir lo segundo, pero nunca lo primero. Pero sea cual sea la decisión, cada edad tiene sus miedos y sus inseguridades. Y nadie es ajeno a ella.
Pero los temores no paran ahí, a los 50 años, años más o menos, se presenta la llegada de la menopausia y de la andropausia. Y aunque siempre se hable más de la primera que de la segunda, ésta existe y hace mella. Las mujeres sienten que se vuelven más duras; los hombres más blandos. Cada cuál a solas se pregunta por su vida, lo que ha sido, lo que será. La ausencia de los hijos, producida, por su independencia, muchas veces resulta traumática. Más adelante, la jubilación con su carga de horas muertas, si no se han tenido otros intereses que no sean los del trabajo, se hace patente, y las estadísticas muestran que muchos hombres enferman e incluso mueren en este período de sus vidas. A eso hay que sumar, el temor a encontrarse desamparados, solos o enfermos; a la perdida de nivel adquisitivo a causa de la jubilación o de una pensión; a la invalidez, e incluso a la muerte.
Para defenderse de los miedos, al menos en la medida en que podamos hacerlo, creo que lo importante es conocer las etapas por las que iremos pasando. Del mismo modo modo que consolamos los temores de nuestros niños, debemos avisarles a los adolescentes que la etapa por la que pasarán será difícil, tiempo de crisis y de inseguridades en su cuerpo-mente en permanente cambio. También necesitarán mucha ayuda nuestros mayores. Mucho cariño.
Es bueno saber, o al menos, que alguien nos diga dónde, en qué recodos del camino estarán las dificultades.