miércoles, 28 de abril de 2010

NO SOMOS NADIE

Antes de publicar la segunda parte del anterior artículo, me parecen muy interesantes las opiniones que se vuelcan sobre la enfermedad, la vida y la muerte, en estos artículos que fueron los finalistas y el ganador del 34º Premio Enrique Ferrán, concurso convocado por la Revista El Ciervo de Cataluña, el pasado 2009.
Os invito a leerlos.
La ganadora fue Margarita Benedicto, de profesión ginecóloga, con el artículo No somos nadie http://www.elciervo.es/html/default.asp?area=articulo&revista=618articulo=353
En la misma página os aparecerán:
Última visita de Francesc Ponsa, periodista.
Sacerdote y médico de Jaume Reixah, sacerdote.
El ciclam de Ricardo René Cadenas, empresario.
La revista El Ciervo convoca este certamen anualmente. El tema es diferente para cada convocatoria. El premio consiste en la publicación de los textos en la revista.

miércoles, 21 de abril de 2010

ENFERMEDAD Y DOLOR


Dibujo original de Elena Álvarez Castro (Todos los derechos reservados)
Gracias Elena por tu aportación.


PRIMERA PARTE

«Juzgar a otro es juzgarse a sí mismo» Shakespeare.
«El que puede cambiar sus pensamientos puede cambiar su destino» Sthepen Crane.
«El que ha desplazado la montaña es el que comenzó por quitar las pequeñas piedras». Proverbio chino.


La persona que siente dolor, ya sea que se muestre este en un infinito agotamiento o bajo la forma que se manifieste, no le gusta que se dude de su dolor, y hace bien, y es un derecho que tiene. Nos está diciendo… «No juzguéis mi dolor». A veces la persona sabe más, conoce por que causa porta ese dolor pero otras, la mayoría no. Al menos de un modo consciente, no lo sabe. Y aunque lo supiera no implica decirlo. Porque este último acto puede acarrear reconocimientos difíciles como la aceptación de hechos sucedidos.

Quizá la primera pregunta que debería hacerse alguien que porta tanto dolor es cómo surgió, cuándo, dónde, por qué… Después continuar preguntándose por cuál situación, en qué momento de la vida de esa persona. Y si no encuentra las respuestas inmediatamente, lo conveniente es continuar indagando. Y, por supuesto, buscar un profesional que ayude. Pero incluso hacerse esas preguntas es muy difícil. Uno está tocado… Uno se siente como un barco a la deriva de las olas y no sabe si se hundirá en cualquier momento.

Voy a poner ejemplos sencillos. Supongamos que llueve y uno jamás conoció cuál es el proceso por el cual sucede tal hecho. Supongamos que no sabemos lo que son las nubes, ni cómo se forman por la evaporación del agua de los mares ni que importancia tienen el sol o los vientos. Supongamos por fin que oímos truenos pero que ni siquiera vemos los rayos que los anuncian, y que nos mojamos sin intuir cómo ha sido el proceso. La humanidad, en muchos aspectos ha vivido siempre como una gran desconocedora. Ahora mismo. Sabemos muchísimo más que nuestros predecesores, pero mucho menos que nuestros sucesores. Y lo mismo, ocurre a las personas. No saben todo de sí, nunca nos conocemos lo suficiente.

Por eso el principio de indagación que nos llevaría a acercarnos a respuestas bien fundadas sobre lo que está sucediendo en nuestro cuerpo en unidad con nuestra psique nos haría perder el equilibrio del dolor, porque en esto también hay un equilibrio, porque mientras estoy mal o con tendencia a enfermarme tengo el equilibrio que me da haberle puesto nombre a mi dolor: y entonces el dolor puede ser llamado de muchas formas clínicamente. Pero para no engañarse, también hay que decir que estos nombres cambian según van siendo nuestros conocimientos y según se permite la sociedad reconocer tales o cuales hechos. Voy a poner un par de ejemplos: hoy a nadie se diagnostica de histérica aunque la palabra continúa vigente en usos literarios y cotidianos, incluso políticos; hoy ningún homosexual sería catalogado clínicamente como lo fue hasta los años setenta del siglo XX.

Tenemos que comprender la enfermedad y su función, incluso la social. Llamando histéricas a aquellas mujeres del siglo XIX y XX se evitaba oír lo que tenían que contar, y la mayoría de las veces su problema real pasaba por una violación o un abuso sexual reiterado de un adulto a un menor.

Muchas veces las personas decimos «es que cuando voy a tal lugar me pongo enferma» o «me enfermo de sólo verle» o… Como si un conocimiento profundo saliera a la superficie y explicase en parte de dónde viene, nos llega, nos atrapa y domina el dolor, y tantas veces la enfermedad.

Comencé este artículo, una primera parte en realidad, sobre el dolor con una frase de una obra de teatro de Shakespeare y quiero acabarlo del mismo modo, en esta ocasión citaré otra frase de la obra Otelo (Cap. II, Escena III):
«¡Qué pobres son los que no tienen paciencia! ¿Acaso se ha curado alguna vez una herida salvo poco a poco?
Sí, poco a poco… Esa es la cuestión. Pero con ayuda es posible encontrar un nuevo equilibrio que nos conduzca por el camino de la salud.

(Continuará)

jueves, 15 de abril de 2010

¿RECIBIMOS LO QUE DAMOS?



Siempre me ha interesado esta pregunta. La he visto aparecer una y otra vez en mis pensamientos y la escucho con atención cuando la expresan los demás. Es una de esas preguntas importantes equivalente a otras fundamentales como «¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Quién quiero o aspiro a ser?
El paso de los años me ha convencido de que siempre recibimos más de lo que hemos dado. Quizá no recibimos lo que esperábamos, pero eso no quiere decir que no recibamos una enseñanza precisa, algo determinado por las circunstancia y, sin duda, importante.
Intentaré poner ejemplos sencillos. A veces esperamos «un momento de atención», «una caricia», «comprensión», «amor»… Todos tenemos y participamos de estas hondas emociones. Las esperamos porque consideramos que nosotros las hemos dado, que nos las merecemos, que son de justicia el recibirlas.
Sin embargo, si nos dan lo contrario nos ofuscamos, lo lamentamos, y es que, tantas veces, no sabemos ver dónde está el aprendizaje. Quizá un simple agradecimiento por alguna actitud nuestra nos lleve a pensar bien de nosotros, pero si no nos la dan es probable que nos preguntemos el por qué. Este «por qué» también es una retribución. Realmente es un regalo importante, si así lo queremos ver. Puedo preguntarme por qué no lo he merecido, por qué no se me ha dado. En cualquier caso, la pregunta obliga a un análisis, o sea al conocimiento de uno mismo o del otro. Bienvenido sea entonces.
Son regalos que la vida nos hace y no los vemos. Me atrevería a llamarlos: regalos de comprensión.
En este tema, los budistas, saben mucho. Ellos hablan de «tesoros» para referirse a esas personas difíciles que están en nuestra vida o en nuestro camino. Las vamos encontrando. Algunos recogemos esas experiencias como caracolas brillantes por el agua del mar y la luz del sol y les damos un lugar especial en nuestro corazón y en nuestros recuerdos. ¿Cuánto más tiempo habría tardado en aprender tal o tal otra cosa si en un momento dado de mi vida no me hubiese dado de frente con el carácter difícil de una determinada persona? ¿Con una circunstancia inesperada?
Me gustan los budistas porque envían oraciones al mundo dando vueltas unos cilindros o ruedas de oraciones en los que dice que lo mejor de ti está en tu interior y tienes que descubrirlo. Me agrada pensar que en las frías montañas de Nepal alguien ha colgado una banderita de colores con una de estas oraciones y también flamea al viento por mí.
La vida es sencilla, si así la queremos vivir. «Cuatro días…» dicen algunos. Tal vez, pero ¡qué cuatro días! Pueden ser una verdadera vivencia en la comprensión. Acaso también pueda decirse que nuestra forma de pensar señala nuestro camino, por tanto, este camino salvo imprevistos que puedan resultar graves, será previsible en gran medida.
¿Voy hacia donde pienso? Se podría hacer esta pregunta y decir que sí, sería una respuesta adecuada. Por eso es tan importante, tener conciencia de lo que uno piensa para saber siempre hacia dónde nos encaminamos. Y sobre todo tomar conciencia de por qué uno piensa como piensa.